Cómo afrontar la crisis II


El mensaje de los síntomas

Los síntomas son la forma que adopta la crisis. Pueden ser más o menos intensos, más o menos duraderos, pero en todo caso son la expresión de un conflicto que sale a la superfície. Podemos negar ése síntoma, podemos intentar taparlo cuanto antes con medicación, pero es preciso recordar que aunque resulte desagradable o cause sufrimiento, tiene una función: informarnos de que algo no anda bien.

¿Qué ocurriría si ante una señal de alarma en lugar de apagar el fuego apagáramos la señal? De alguna forma así se reacciona a menudo con los avisos que envía el organismo. La medicación en una crisis puede ser necesaria, a veces incluso indispensable, pero en todo caso debería ser un medio, un recurso para iniciar cambios o aclarar la situación, y muchas veces se utiliza como un fin, para silenciar los síntomas y simplemente dejar de sufrirlos.

El dolor, la angustia, los miedos, la sensación de vulnerabilidad, la tristeza… en ocasiones pueden ser muy difíciles de soportar. Pero hay algo que puede ayudar a tolerarlos mejor: darles un sentido. Si entendemos los síntomas como parte de un proceso mayor, de una crisis, no sólo son algo desagradable y que nos causa molestia, sino que también son una puerta de entrada a un posible cambio, pues permiten que salgan a la luz conflictos o emociones y que a partir de aquí se puedan elaborar.

¿Qué pasaría si en lugar de luchar contra estos síntomas los utilizáramos como aliados? Lo primero es que tendríamos que responsabilizarnos de nuestro propio proceso. Ya no podríamos echarle la culpa a la depresión o a la ansiedad, o utilizarlas según nos convenga, sino que veríamos la necesidad de tomar partido y de buscar maneras para atravesar esa crisis. Lo segundo es que al aceptar los síntomas podríamos aprender a descifrar su mensaje, intentando entender el lenguaje metafórico en el que nos hablan.

La diferencia entre encontrar un sentido a la crisis o no es como adentrarse en el túnel con o sin linterna. Con esta ayuda ya no se dan tantos pasos en falso, ni es tan fácil perderse. La persona puede orientarse mejor, aunque igualmente tenga que atravesar pasos angostos. Si alguien comprende, por ejemplo, que su malestar se debe a que tiene que aclarar algún conflicto personal, a las secuelas de un duelo mal vivido, a estar atravesando un época de cambios, o un replanteamiento general de su vida… este entendimiento le ayudará a sobrellevar mejor la crisis.

El lazo del pasado

Hay momentos en que el riesgo de que aparezca una crisis es mayor, como en las etapas de transición, cuando se cumple un ciclo vital y se inicia otro. El nacimiento, la pubertad, el paso de la emancipación, traspasar el ecuador de los cuarenta, la entrada en la madurez, la jubilación y, por último, la muerte, son sólo algunas de las transiciones importantes que jalonan la existencia.

El tránsito de una fase vital a otra puede ser complicado. Implica cambios importantes pues, como indica la palabra, transitar significa moverse hacia otro lugar. Se pierde, por lo tanto, el equilibrio mantenido hasta entonces y es preciso encontrar un nuevo orden, una nueva forma de funcionar. Este desequilibrio transitorio normalmente se resuelve sin problemas, pero en ocasiones la persona queda atrapada, con dificultad para alcanzar la otra orilla. Entonces la crisis es más aguda.

Los rituales se han utilizado durante milenios para marcar un hito en las fases de transición. El acto simbólico tiene como función principal realizar el paso hacia la siguiente etapa de manera consciente, con el respaldo y reconocimiento social. En la actualidad muchos de estos rituales se están perdiendo o ya no se viven cargados de sentido, con lo cual estos momentos delicados en que pueden aparecer miedos, vacío o desconcierto, carecen de la contención y del orden que aportaban los antiguos ritos.

Las transiciones suponen momentos cruciales en los que es posible dar un salto evolutivo hacia delante. Sin embargo, los conflictos que generan estos cambios favorece que en estas fases a menudo aparezcan síntomas problemáticos. La crisis expresa entonces un dilema, una división interna entre dos posibles caminos, y como tal sus síntomas también conllevan una ambivalencia: por una parte señalan la existencia de un problema y plantean la necesidad de un cambio, mientras que, por otro lado, representan el más potente refuerzo de la anterior estabilidad, de lo que en realidad está generando el problema.

La anorexia de una adolescente, por ejemplo, puede reflejar un conflicto en el paso entre ser niña y mujer. Por un lado expresa una necesidad de mayor autonomía, de diferenciarse y decidir, aunque sea diciendo «no» a la comida. Pero, por otro lado, el propio síntoma encadena a la adolescente a una situación en que la controlan y vigilan lo que come, justo como si fuera una niña.

Atravesar el túnel

Las crisis tienen un inicio, una cúspide y un desenlace. Uno no elige entrar en ése túnel, sino que de repente se encuentra en él, y aunque muchas veces desearía volver atrás o cerrar los ojos para no ver dónde se encuentra, no hay más remedio que atravesarlo.

No existe una forma única o correcta de vivir las crisis, precisamente porque cada crisis es distinta. Pero sí existen indicaciones que pueden servir como guía en ese recorrido. Quien está inmerso en una crisis no sabe muy bien en qué punto se halla, ni cuando va a llegar al final, ni entiende que ese sufrimiento y esa confusión le puedan servir para algo. Lo que más desea es atajar como sea esa situación, pero el propio proceso exige precisamente lo contrario: tiempo. Esto no significa que la persona deba adoptar una actitud conformista o pasiva ante lo que le sucede, pues aunque no ha elegido esa situación sí puede decidir cómo quiere afrontarla.

Un primer requisito para que el proceso siga adelante y no se estanque es aceptar lo que aparece. Si la persona no lucha contra lo que siente, si admite que se siente desarmada, triste, insegura… Si reconoce que está en crisis, que no sabe lo que pasará, y si acepta el momento en el que está, hay mayor probabilidad de que la crisis pueda utilizarse como una oportunidad de cambio.

Las situaciones críticas nos ponen a prueba en muchos aspectos y son varios los peligros que se deben sortear. Uno de ellos puede ser quedarse atrapado por el miedo y la sensación de amenaza.

El miedo suele ser un compañero habitual y poco grato de estas travesías. Miedo al territorio desconocido hacia el que nos dirigimos, a que el sufrimiento no tenga fondo. Miedo a las sensaciones extrañas que se sienten, a llegar a hacer daño o a dañarse en un momento de descontrol. Miedo a volverse loco, a morir, a enfermar, a no volver a ser el de antes… Para que estos temores no frenen el paso es importante reconocerlos como lo que son: miedos, y diferenciarlos de la realidad. Que alguien tenga miedo a enloquecer por el momento caótico que está viviendo no significa que esté loco, o que se tenga miedo a no poder superar una crisis no significa que no se sea capaz.

Otro posible peligro es quedarse acomodado en los síntomas, prefiriendo ése sufrimiento al que supone avanzar. Existen múltiples razones, conscientes o inconscientes, que pueden anclar a una persona en sus síntomas: le aportan algún tipo de beneficio, aunque sea aplazar responsabilidades o nuevos desafíos, protegen la estabilidad propia o familiar, o quizá porque a veces sale más rentable sufrir que cambiar.

RENOVARSE
Cada crisis puede considerarse una pequeña muerte. Tras atravesar el angosto túnel la persona puede renacer como alguien distinto, cancelando una época de su vida e inagurando otra. Para lograrlo es preciso aprender a soltar, despedirse de lo que se dejó al otro lado, de todo aquello que hasta hace poco resultaba conocido y familiar y aventurarse hacia algo nuevo.

Con frecuencia para que una situación mejore o cambie es necesario que primero entre en crisis. Sólo cuando se pone en marcha el esfuerzo de todo el organismo, de ambos miembros de la pareja o de toda la famila, es posible movilizar una situación que se ha quedado enquistada. Y a veces eso sólo se consigue cuando una crisis nos coloca entre la espada y la pared, y nos fuerza a decidir o hacer algo.

Así como un ordenador necesita actualizar su información y sus programas para no acabar bloqueado, las crisis nos sirven para que podamos renovarnos. En ocasiones es preciso replantearse las propias ideas, creencias, valores o formas de vida para adaptarse a nuevas situaciones o a cambios, o simplemente para seguir mejorando. Por eso, una forma de prevenir grandes crisis, un gran cataclismo personal, es actualizarse de vez en cuando, sin dejar que la información y los conflictos se almacenen hasta que produzcan un bloqueo y se requiera una reparación de mayores proporciones.

Un mar calmado no hace buenos marineros, dice un proverbio inglés. En los momentos de marejada y tempestad, cuando todo está completamente revuelto y sentimos amenazada nuestra seguridad, también descubrimos cuáles son nuestras fuerzas y recursos. Cuando todo vuelva a la calma veremos que atravesar aquello que tanto nos atemorizaba nos ha servido más que cualquier otra vivencia para aprender a navegar mejor.

Cristina Llagostera

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