El placer de conversar


Los latinos somos hablantes por naturaleza. Nos gusta jugar con la palabra, sacarla, esconderla, enredarla, sentarnos en ella, patearla y aplastarla. Somos degustadores del lenguaje, hablando nos recreamos.

Somos lingüísticos hasta por los codos y aunque practiquemos el mutismo a veces, siempre tenemos algo que decir. El lenguaje humano es invariablemente intencional, es decir, persigue un fin, hay una motivación subyacente que nos impulsa a comentar alguna cosa sobre algo o alguien.

Nos gusta conversar. No importa de qué ni cómo, nos place esa doble mirada en la que podemos ser dos, sin dejar de ser uno. Todo diálogo implica complicidad, porque además de discursivo es afectivo. No solo expresamos sonidos, sino que manifestamos ideas personales, estados internos, secretos. No podemos reducir el ser que habla a un mero comunicador de boletines de prensa.

Conversar es el acto humano por excelencia, porque validamos al otro en la convivencia, lo reconocemos como un igual que merece ser atendido y escuchado.

Conversar es siempre de ida y vuelta o sea, no es un monólogo, ni dos monólogos recogidos, ni tres, ni rumor ni murmullo, es una construcción del “lenguaje”, como dice el filósofo Maturana, donde fabricamos una realidad que nos abarca e incluso nos define.

La mala noticia es que ya no conversamos como antes. Ahora pasamos de largo, el saludo es una mueca, un mal necesario cuando ya no podemos esquivar al vecino. Tratamos de escapar a los encuentros, nos ocultamos del prójimo y nos molestan los desconocidos. Somos tan selectivos que nos estamos quedando solos. Es que no nacimos para estar callados. Por eso es que el silencio enferma y deshumaniza.

La filosofía del bar, los maravillosos costureros, las tertulias, la polémica amistosa, la discusión creativa, todo parece haber entrado en el letargo de una falsa autonomía, que no es otra cosa que indiferencia, enclaustramiento primario. La filosofía de la conversación pretende reemplazar al sujeto aislado, razonador de laboratorio y pensador solitario, por un sujeto parlanchín, el hombre del discurso, el que no hace soliloquios. Este giro lingüístico desea abrir las ventanas y las puertas, sacar todo a la intemperie, vaciar la consciencia, desempolvar los archivos, desterrar los traumas, acariciarnos en las palabras y abrazarnos en cada enunciado.

Y no hablo del romanticismo rosa, sino de la comprensión cabal de que al hablar, al decir lo que verdaderamente pienso y siento, asumo los códigos de mi cultura y me responsabilizo ante ella. Cuando establecemos contacto con otro ser humano estamos asumiendo un compromiso. Conversar es vincularse, establecer un lazo donde me relaciono no solo fonética, afectiva y conceptualmente, sino moral y éticamente. El lenguaje es un medio para herir o amar.

Volvamos a conversar, pero esta vez con más consciencia. Volvamos ha revivir aquella maravillosa costumbre de secretear y desnudar el alma frente al otro esperando que él o ella haga lo mismo: “Te cuento si me cuentas”.

Hablemos todo el tiempo, en la ducha, en la calle, en el cine, el los auditorios, en los escritos, en la poesía y el canto. Hablemos con Dios, con los hombres, las plantas, los animales y, sobre todo, conversemos con ese insoportable narcisista que llevamos dentro.

Vale la pena recordar las palabras de Fernando Pessoa, en el Libro del desasosiego, cuando se refiere al “palabrear”:

“Me gusta decir. Diré mejor: me gusta palabrear. Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas”

Conversemos, pues.

Walter Riso

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